Vivir quiere decir excederse,
romper normas, ir hasta el fin.
Nada es importante, nada es insignificante;
la vida es un juego de sombras,
pero las imágenes de las cosas reflejadas
en nuestras almas tienen una realidad profunda, inquietante.
Pantano de Negratín. Granada. Fotografía © Carmen Rivero
La barriada, en el s. XIX era un verdadero jardín. Aquí predominaban viviendas de madera o ladrillo, de una o dos plantas, con portales y ventanas sencillas de cristales, piso de madera, cerca de tablas o alambre. Fue un estilo diferente que obedecía a un vecindario también diferente, compuesto por franceses, ingleses, alemanes y norteamericanos. Individuos de orígenes diversos que arribaron a la Isla como tierra de promisión, con intereses comerciales o en misiones oficiales de sus estados. En la calle Tulipán se fueron agrupando paulatinamente y poco a poco marcaron diferencia con lo español. La aristocracia colonial elige al Cerro como sede residencial permanente. Construyen sus “Quintas”; que hacen de la barriada un ejemplo de la arquitectura neoclásica en La Habana del siglo XIX.
En calle Tulipán se encuentra la primera edificación de dos plantas, madera y techo de tejas, marcada por el número 1 antiguo, actual 207, cuya construcción data de entre 1834 y 1836. Este edificio tan longevo desmiente la creencia general de que las casas de madera, en climas subtropicales como el de Cuba, tienen una vida efímera.
La primera referencia de los vecinos que habitaron esta vivienda señala a Federico Hogan Leclerc, oriundo de Limonar en Matanzas, hijo de un holandés y una dominicana. También vivió el notable pintor cubano Federico Edelmann con su esposa. La presencia de Federico Edelmann en esta casa de Tulipán le confiere especial importancia al edificio. El destacado pintor, amigo de José Martí, desplegó una intensa labor luego de su retorno a Cuba hasta su deceso, que lo sitúo como pilar de la cultura cubana en las tres primeras décadas del s. XX.
Maltratada por el tiempo y la falta de mantenimiento, con parte de sus amplios espacios cerrados por peligro de derrumbe, la vieja casa de madera de dos plantas del 207 sigue asomada a Tulipán sin rendirse, demasiado grande para su único ocupante, Wilfredito, mi vecino, quien tampoco se rinde y la habita y protege.
El 19 de agosto de 1839 París fue el centro de atención mundial, pues se anunciaba la invención de un nuevo procedimiento del daguerrotipo, desarrollado y perfeccionado por Louis Daguerre, a partir de experiencias previas a cargo de Joseph Nicéphore Niépce. Niépce, durante años buscó la forma de obtener imágenes fijas, luego de varios intentos no logró su objetivo, pues las mismas perdían nitidez rápidamente y desaparecían completamente, por consiguiente; asoció su nombre junto al de Daguerre, quien incorporó al primer procedimiento que constaba de papel, cristal, estaño, cobre y el peltre, la utilización del yoduro de plata y el vapor de mercurio.
Tras la muerte de Niépce, su socio continúa trabajando en solitario para obtener un procedimiento fiable y comercial. Para 1839, Daguerre presenta en la Academia de Ciencias de París el fruto de su esfuerzo y el de su compañero.
El daguerrotipo construido por Louis Daguerre en 1839
L’Atelier de l'artiste. Primer daguerrotipo de Louis Daguerre, 1837
Boulevard du Temple, en abril o mayo de 1838, por Louis Daguerre.
La serie tuvo gran éxito luego de exponerse, en 1972, en el Museo de Noord-Brabants en 's-Hertogenbosch, Países Bajos. Seguida de exposiciones en Londres, París y Nueva York.
La serie nos habla de la conciencia y de las diferentes interpretaciones de la realidad. Gracias a ese estado de conciencia ordinario en el que vivimos habitualmente, captamos la realidad cotidiana y el mundo en el que vivimos. Sus fotografías me hablan de esas fases de conciencia en las que el individuo no está sometido a las limitaciones de esos estados de conocimiento ordinarios, es decir, confirma la riqueza interior que estos estados pueden aportar, cuando no corresponden a tentativas de huida provocadas artificialmente. Todas sus fotografías son fósiles-huellas de su acontecer diario. Las inscripciones, unas veces son objetos, otras sombras, e incluso sus propias huellas o signos inscritos sobre la arena.
Hacer fotografías es en cierto modo como dibujar un mapa. Uno comienza una búsqueda de la forma precisa, siguiendo una intuición, y va creando puntos de referencia con cada fotografía. Ese mapa que vamos construyendo no existe antes de iniciar el viaje, nace de nuestros propios pasos.
Cuando ya tenemos todos los puntos hay que volver y ponerse a editar. Es como ese juego en que hay que unir los puntos para formar una figura. En nuestro caso, los puntos son las fotografías y la edición es la línea que los une. La figura que formemos va a ser nuestro mapa, el lugar al que queríamos llegar. Muchos de esos puntos/fotos habrá que desecharlos, sirvieron para buscar, pero no ayudan para crear la figura. Lo tachado, sin embargo, permanece en forma de sustancia. Así se va haciendo nuestro Atlas particular.
El taller pretende incidir en la idea del propio proceso como motor natural de la creación. La mayor parte de las veces nuestra obra comienza en el momento en que nos ponemos a trabajar y crece desde ese estado embrionario hacia lugares impredecibles. Durante el taller se va a profundizar en la idea del Cuaderno de Campo como herramienta de construcción, basada en la experimentación y la búsqueda. Bocetos de ideas que nos interesan, que nos servirán para generar proyectos más amplios y específicos.
Los participantes deberán traer sus propias fotografías, anotaciones, recortes, mapas... Todo aquello que utilizan en su proceso creativo.
Nacido en Buenos Aires en 1973, Matías Costa ha recibido numerosos premios, becas y reconocimientos que lo sitúan en un lugar destacado en el panorama de la fotografía contemporánea."
Precio: 290 €
Información: +34 658 70 82 64 fototalleres@leosimoes.com